emocionados
Shirakawa-go, coches diminutos y vuelta a Tokio
Shirakawa-go y Shinjuku

Cafés y croissant a primera hora, antes de salir hacia Shirakawa-go.

Carpa enorme bajo el agua clara de Shirakawa-go.

Escena cotidiana en Shirakawa-go, con perro en carrito incluido.

Uno de esos cochecitos diminutos y casi cúbicos que a África le hacían tanta gracia.

Casas y montañas en Shirakawa-go, enmarcadas entre hojas.

Una casa tradicional junto al arrozal, con el verde de los Alpes japoneses detrás.

Miguel posando feliz entre las casas de Shirakawa-go.

Miguel mirando hacia las montañas, con Shirakawa-go a sus pies.

Otra vista luminosa de Miguel en Shirakawa-go, con montañas todavía nevadas al fondo.

Nenúfar blanco con una libélula diminuta, uno de los detalles que África fue cazando con la cámara.

Nenúfar rosa y libélula azul, delicadeza absoluta en medio del calor.

Otra carpa dorada cruzando despacio el agua transparente.

Una mariposa posada sobre las flores blancas de Shirakawa-go.

Las hamburguesas de Shogun Burger para celebrar la vuelta a Tokio.

Selfie nocturno en Shinjuku, ya de vuelta en su Tokio querido.

África posando feliz entre los neones de Shinjuku.

Parada entre máquinas recreativas y peluches en la noche de Tokio.

Beso en mitad de Shinjuku, con la ciudad encendida alrededor.

Carteles imposibles y neones de Kabukicho.

África saludando a cámara en plena noche tokiota.

Uno de los platos del final del día en Tokio.

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Miguel y África arrancaron el día a las siete y media y, poco después de las ocho, ya estaban camino de Shirakawa-go en el autobús desde Takayama, atravesando un paisaje alpino verde, salpicado de casitas japonesas que parecía hecho para mirar por la ventanilla sin hablar demasiado. A África le fascinaban los coches diminutos, casi cúbicos, como pequeños juguetes discretos, y cada vez que aparecía uno le hacía la misma gracia irresistible y acababa queriendo foto; al llegar a la aldea, patrimonio mundial de la humanidad, se tomaron un café y un matcha y ella probó un dango a la brasa de una señora mayor que le inspiró la confianza instantánea de lo auténtico, una de esas escenas mínimas que justifican un viaje entero aunque el veredicto final fuera un honesto “había que probarlo”. Entre flores, insectos, calor y bastante gente, pasaron varias horas recorriendo Shirakawa-go y llenando la cámara de detalles. Después enlazaron el autobús a Kanazawa y, desde allí, el Shinkansen a Tokio, con esa emoción limpia de regresar a su ciudad favorita de todo el viaje. Ya en Tokio también cayó un katsu en Gyukatsu Motomura, uno de esos antojos que se convierten en parada obligatoria casi sin discusión. Y ya en Shinjuku, cerraron el día instalándose en Onsen Ryokan Yuen Shinjuku y cenando unas hamburguesas en Shogun Burger, felices de volver a ese Tokio querido que ya sentían un poco suyo.