inspirados
Kyoto a sorbos y paso lento
Kyoto

Café con corazón en la espuma y un trozo de pastel

Pagoda de cinco pisos asomando entre los tejados y los árboles

Posando en una calle tradicional con la pagoda al fondo

Selfie en la calle con la pagoda al fondo

Bandeja de gyozas recién hechas

Vista desde el templo con los tejados de la ciudad al fondo

Sala con tornos de cerámica vista a través de un espejo ovalado

Piezas de cerámica sobre una mesa de madera

Ventana enmarcando una colección de cuencos

Caligrafía y jarrón con flores

Flores de colores en jarrones de cerámica

Calle llena de gente entre tejados tradicionales

Exposición de piezas de cerámica sobre una repisa

Ventana redonda con jardín interior

Cena de tonkatsu con arroz, sopa y col

Té matcha con dos dulces japoneses

Interior cálido con mesa y jardín al fondo

Cruzando la calle al atardecer

Olla y una pieza de carne marmoleada antes de cocinar

Posando delante de una fachada con jardín

Otra vista del templo y la ciudad desde lo alto

Mostrador de mercado con productos en salazón y un cartel de Somebody Feed Phil

Posando junto a la entrada de una cafetería

Mesa con dos bebidas calientes en el interior de una cafetería

Calle urbana con tráfico y una colina al fondo

Tienda con estanterías llenas de botellas y productos

Bandeja con alimentos envasados y etiquetas de precio

Interior tranquilo de una cafetería con mesas vacías

Lámpara colgante sobre una mesa con arreglo floral

Barra de café con máquina de espresso y molinillos

Fotografiando un cuadro en la pared de la cafetería
El 22 de mayo, Miguel y Africa empezaron la mañana justo al lado del Agora Kyoto Karasuma, en Goodman Roaster Kyoto, con un café de esos que no solo despiertan sino que ponen el día en su sitio desde el primer sorbo. La segunda parada fue Sanwa Coffee Works, y allí el plan dejó de ser solo cafetero para convertirse también en una pequeña obsesión estética: además del café y el matcha, se quedaron prendados de la iluminación, de la madera clarita, de la calma del espacio y de una decoración tan cuidada que Africa acabó haciendo fotos casi como si estuviera documentando una exposición. Después pasaron por Nishiki Market, el típico mercado de Kyoto que vive en el extraño equilibrio entre lo turístico y lo auténtico, con mucha gente, mucho reclamo para el visitante y, aun así, ese poso local que hace que no termine de sentirse del todo impostado. Desde allí fueron en taxi hasta Sannenzaka, una de esas calles que parecen diseñadas para confirmar todos los clichés bonitos de Japón, con la pagoda al fondo y las fachadas tradicionales componiendo la foto perfecta, aunque la realidad del momento fue menos idílica: había tantísima gente que apenas podían pasear y avanzaban a paso lentísimo, arrastrados por la marea humana. Lo mejor de esa parte de la mañana no fue la postal, sino una tienda de cerámica preciosa en la que encontraron unas tazas muy chulas y se llevaron un recuerdo de los que sí importan, porque no se quedan en la foto sino que luego vuelven a aparecer en casa y alargan el viaje durante años. Cuando ya apretaba el hambre, cogieron otro taxi para comer en Katsukura Tonkatsu Sanjo Main Store, donde sí hubo recompensa clara y directa en forma de tonkatsu de cerdo muy bueno. Después todavía se regalaron una última pausa en una casa de té matcha de nombre desconocido, bonita, tranquila y con ese aire zen que pedía exactamente el cuerpo después de una mañana entre cafés, mercados y calles saturadas. Luego regresaron al hotel a descansar y, por la noche, llegó la nota menos brillante del día: una cena de carne cocinada en caldo, con huevo crudo y arroz, demasiado enfocada al espectáculo para turistas, con camareros gritando sin parar y un servicio que no terminó de convencerles. Fue una de esas cenas que se olvidan deprisa, pero casi mejor así, porque el día ya tenía suficientes cosas buenas que merecían quedarse con todo el protagonismo.