felices
De Ginza a Omotesando y Shibuya, con mucho umami
Tokio

Foto del día


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Miguel y África durmieron doce horas como si el cuerpo hubiera decidido hacer huelga, y se levantaron a las once con una paz casi insultante. Empezaron el día buscando café de especialidad en Ginza, porque Miguel funciona a café y África ya se había contagiado del plan, y dieron con X Coffee Ginza, donde el café estaba tan bueno que casi parecía una disculpa por el jet lag. Allí Miguel cayó también en un cinnamon roll, porque una cosa es viajar ligero y otra renunciar a la felicidad.
Después fueron andando hacia Tsukiji Fish Market, que vieron con la misma velocidad con la que uno mira una tienda cuando tiene hambre, o sea, poquísimo. La recompensa llegó en Tsukiji Tamazushi Honten, donde comieron sushi local, muy digno y a muy buen precio, con esa sensación tan japonesa de que todo está medido, bueno y sin teatro. Luego tomaron la Ginza Line rumbo a Shibuya, y el metro de Ginza les dejó flipando, porque parece más un centro comercial de lujo subterráneo que una estación. La gente iba impecable, como si Tokio tuviera un dress code secreto que todos entendieran menos nosotros.
En Shibuya hicieron lo que toca: cruzar el cruce, hacer fotos, mirar alrededor y comprobar que efectivamente había más gente que espacio. Después siguieron por Harajuku Street y se dieron una parada técnica en una cafetería para pillar wifi, cargar móviles y rescatar el portátil, que también merece descanso en vacaciones. Miguel se pidió un té japonés y África una bebida con limón y gas, y después Miguel se compró la camiseta de fútbol japonesa para entrenar, que seguramente ya le da mejor estilo que a cualquier jugador profesional.
Luego caminaron por Omotesando, que es tan limpia, tan elegante y tan llena de firmas grandes que parece la versión japonesa de pasear dentro de una revista cara. Ahí se tomaron un matcha en Omotesando, y fue de esos momentos absurdamente buenos en los que hasta el hielo parece bien pensado; África decidió que era el mejor matcha de su vida y, sinceramente, no vamos a llevarle la contraria. Miguel hizo cola por un donut y un pastelito de pistacho, África probó, repitió y después hubo segunda ronda, porque una dieta de viaje no es una dieta, es supervivencia emocional.
De vuelta a Ginza, recuperaron el ordenador, cogieron ropa de abrigo y, ya bastante cansados, cenaron en Tsujita Ginza, justo al lado del hotel. Pidieron tsukemen por máquina expendedora, con la solemnidad de quien entra en un pequeño ritual moderno, y el resultado fue glorioso: caldo intenso, noodles perfectos, mucho umami y la satisfacción de ver a los japoneses trabajar el ramen como si fuera una coreografía. Para rematar, subieron a Ginza Six Rooftop y vieron Ginza iluminada desde arriba, preciosa, casi como una Manhattan más ordenada. Volvieron al hotel agotados y contentísimos, con la sensación de haber hecho muchísimo en un solo día y de que Japón sigue jugando en otra liga.